Mostrando entradas con la etiqueta aecc. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aecc. Mostrar todas las entradas

jueves, 31 de mayo de 2012

#CONTIGOSOMOSMÁSFUERTES

Ay madre mía!!! últimamente ando de cabeza con mil cosas y tengo mi rincón abandonadito, tanto que se me había pasado sumarme a la campaña de la AECC  #contigosomosmasfuertes. Imperdonable!!

Como ya sabréis, en la Asociación Española Contra el Cáncer (aecc) llevan casi 60 años luchando contra una enfermedad que actualmente padecen en España 1.500.000 de personas. Y lo hacen desde varios frentes: financiando investigación oncológica, estando al lado de las personas enfermas y sus familias, desarrollando campañas de información y concienciación..., toda para intentar disminuir el impacto que tiene el cáncer en la sociedad y mejorar la vida de las personas. Pero para poder llevar a cabo este inmeso trabajo necesitan la ayuda de todos. Por eso el 29 de mayo realizaron la cuestación anual para recuadar fondos, porque un pequeño gesto significa mucho.

Si no pudiste colaborar el día 29 de mayo, pinchando en la imagen de la hucha os doy la oportunidad de sumaros a la lucha con una rápida donación online por tan sólo un euro.

#CONTIGOSOMOSMÁSFUERTES




jueves, 3 de noviembre de 2011

6º Relato Corto - La Reina de la Belleza por Beatriz Peña

Creo que éste es el relato que más me ha gustado de todos los que llevo leídos hasta ahora. No sabría explicarlo pero me ha tocado el corazón, porque quizás veo el reflejo de lo que fue mi vida antes del cáncer y como es 6 meses después. ¿Quién eres? últimamente me hago, con demasiada frecuencia, esa pregunta cada vez que me encuentro frente a unos ojos vacios, sin brillo detrás del espejo.  No paro de repetirme, "yo no era así", dónde está mi alegría, por qué voy con el freno de mano echado a todas partes.

Tengo la sensación de que he perdido luz, que no consigo entrar en calor. Ésto me pasa desde hace un par de meses y no sé si es normal. Debería de estar comiendome la vida, sin tiempo para elegir el menú y sin embargo no siento nada, estoy bloqueada.  ¿me estará pasando factura todas las emociones reprimidas? ¿esas ansias de estar bien, de aparentar estar bien? 



La Reina de la Belleza
por Beatriz Peña


Lo tenía todo, pero no sabía que algún día repentinamente podía perderlo. Ni siquiera le daba importancia cuando se miraba al espejo. Había nacido con demasiados dones y estaba tan acostumbrada a que la llamaran guapa que incluso llegaba a molestarla. Odiaba los piropos, eran esa constante incómoda a la que nunca sabía qué responder. ¡Qué guapa! “Sí, claro, qué guapa y lo demás qué... No soy un trozo de carne con ojos”, pensaba ella. También llamaba la atención su esponjosa y abundante melena. —¡Qué cantidad de pelo y qué largo…! —decían sus amigas. —Sí, me crece mucho”—contestaba con resignación.
También se le llegaba a hacer pesado tener tanto pelo. Estaba más cómoda con el cabello corto, muy corto. En una ocasión se pasó la maquinilla al uno, mucho antes que Sinead O’Connor lo pusiera de moda. Estaba tan segura de su enorme atractivo que se empeñaba en intentar boicotear esa poderosa belleza que la tenía un tanto atormentada, demasiado expuesta ante los ojos de los demás. Sentía sus miradas clavarse y detenerse en ella. Más de una vez cuando observaba a desconocidos mirándola fijamente les sostenía la mirada con valentía e indignación hasta ver cuándo acababa la invasión visual. Resultaba muy violento.
Sin proponérselo había tenido que huir de plúmbeos admiradores a causa de esa belleza imposible de esconder que la comprometía. Le asustaba provocar esas pasiones y tener que declinar proposiciones de todo tipo y a muchos tipos diferentes. Un éxito que no merecía y tampoco sabía cómo manejar. ¡Precioso y complicado don el de la juventud y la belleza! Un combinado fuerte que acaba gustando. Llegó a acostumbrarse a las lindezas justo cuando ya había otro tren calentando motores hacia otro destino que la llevaría con la aceleración de una locomotora a tumbarse en el quirófano y cumplir con el diagnóstico que iba a cercenar de raíz parte de esa belleza regalada y que un maligno tumor le iba a robar. Un golpe seco, directo al centro de su escote, produjo un cambio de vía y de dirección en su viaje. Próxima parada: mastectomía por cáncer de mama.
Su mirada azul se congeló del susto, la melena se perdió bajo la almohada y la luz del rostro huyó del espejo del baño. Con un seno desinflado hay que recomponer la belleza de la vida y la tuya propia. Durante el tratamiento la suavidad de la piel se tornó en sequedad y aspereza. Hasta las uñas de los dedos de los pies y las manos se volvieron frágiles y quebradizas.
Pero ella quería seguir como siempre, sin acaparar miradas, ahora de extrañeza. No podía presentarse así, con esa pinta, ante sus amigos y familiares porque su nueva imagen era bastante más radical que cualquier look por el que hubiera pasado en sus mejores años. A simple vista, cualquiera podría adivinar que estaba enferma de cáncer y siguiendo un cruel tratamiento de quimioterapia con sus evidentes secuelas: cara de espectro, calva de lama tibetano, piel color acelga y unas cuantas cicatrices mentales que habían nublado su rostro, cariacontecido y desvaído, preso de una nueva mímica facial.
Decidió fingir que no era una radiografía, que seguía siendo ella, la misma de siempre y así nadie advertiría el cambio. Una imagen tiene tanto poder… Empezó a maquillarse como jamás lo había hecho, seleccionando unos tonos tan bronceados que conseguían hacerle buena cara. Delineaba sus despobladas cejas con precisión puntillista y animaba mejillas y labios con sonrojada naturalidad artificial.
Y coronando su rapado forzoso: una peluca pelirroja; el tocado profesional para el camuflaje total. De cabello natural, pero un casco que cuando el calor, ese calor interno de la medicación, se aliaba con el sol, complicaba sus sudorosas apariciones en público. Poco a poco empezó a sustituir el postizo capilar por gorras y coloridos pañuelos algo más livianos.
Superó la prueba de ir a calva descubierta por pura comodidad. “¡Qué más da!” dijo un día. La gente seguirá mirando. Pero, esta vez, los motivos eran radicalmente diferentes. Ella misma había visto a otras mujeres que estaban culminando el tratamiento y mostraban con valentía su cabeza descubierta con pelo incipiente, como un transformista al final del espectáculo enseña al mundo su verdadera condición, paciente en tratamiento de quimioterapia. Eso le ayudó mucho a salir de debajo de aquella moderna peluca y dejarla en el armario definitivamente.
Se animaba enseguida, no quería mirar el lado oscuro ni escarbar feos rincones. Veía belleza por todas partes y si no la pintaba en mandalas multicolores.
En un ataque más de optimismo, pensó que algún día todas las enfermas de cáncer de mama irían sin peluca y con su pecho desinflado como valientes amazonas1, con el cuello erguido y un porte elegante, sin haber perdido las ganas de seguir luchando y mostrar así su verdadera belleza al mundo. Sin dolor, sin pudor, sin miedo, tal y como son de verdad, incluso en su peor momento.
Demasiadas fantasías, pensó. El mundo aún no está preparado para este tipo de belleza real. Tendría que seguir viviendo pegada a una prótesis de látex que ocultara esa bonita cicatriz que dibujaba un escote asimétrico e impar.
¿Por qué no podía ser ella como esas estatuas mutiladas por mil batallas que había en los museos de medio mundo? Decididamente la mutilación de uno de sus senos había roto su equilibrio físico y mental. Era una muñeca rota que necesitaba reconstruirse de nuevo. Necesitaba un buen cirujano estético que diera volumen y forma a su teta perdida en la batalla. Otra operación con anestesia total. ¿Cómo se sentiría al despertar de ese sueño inducido? ¿Podría recuperar en el quirófano todo lo que había perdido con su cáncer de mama? ¿Realmente sólo buscaba una talla de sujetador: 90 copa B? Sólo eso, lo demás que había perdido le había venido bien y no quería recuperarlo: narcisismo, vanidad, soberbia, orgullo, altanería, egoísmo, falta de sensibilidad, complejo de superioridad, desdén.
Por otra parte había desarrollado sentimientos que no tenía antes y que sabía no iba a perder tan fácilmente. Aprendió con paciencia a ver la verdadera belleza de los demás y la suya propia. Antes no tenía ni idea. Por fin, ahora su belleza era más serena y agradecida con el mundo.


1Mujer cazadora y guerrera descendiente del dios de la guerra Ares que, según la leyenda, se amputaba el seno derecho para facilitar el manejo del arco: las amazonas se autogobernaban y no aceptaban la intervención de hombre alguno.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

5º Relato Corto - A solas con el eco por Charo Izquierdo

Voy con un poco de retraso en las publicaciones, pero ya sabéis los puentes y fiestas de guardar son sagradas ;)

Aquí os dejo el relato de Charo Izquierdo para que empezemos esta mini semana con energía.


A solas con el eco

Mientras camino, recuerdo que el cielo estaba azul esa mañana, con ese azul que nunca sé si es intensidad o directamente insolencia con el día. Amanecía. El sol no acababa de brillar. Y ante mi admiración se ha visto visiblemente iluminado mientras yo miraba no sé a qué, ni buscando qué, ofuscada con la llamada de ayer, deseosa como estaba de que pasaran ya las horas y que se hubiera ocultado ya el sol y que yo estuviera brindando por mi suerte. Me recuerdo mirando al cielo y viendo cómo se iluminaba o más bien se incendiaba dos veces: dos aviones parecían dispuestos a chocar. Miraba ansiosa mascando la tragedia. Pero pasaron de largo, rojizos, dejando su estela, cruzándose, desviándose uno ligeramente hacia el norte y otro ligeramente hacia el sur. No, no chocaron. Recuerdo ahora mi fatídico pálpito, como si una voz me advirtiera que de no producirse una tragedia macro seguramente se produciría ese día la micro tragedia, la mía.
–Ya te imaginas por qué te llamamos anoche y por qué te hemos citado de un día para otro, y tan temprano–, me ha dicho el médico nada más entrar en su consulta, como si la urgencia fuera tal que no pudiera siquiera sentarme, y tuteándome, una novedad. –Los resultados de la biopsia no son buenos. Tu bulto de la mama izquierda es maligno, un carcinoma in situ, no muy avanzado, pero es un cáncer–.
Vuelvo a recordar la imagen de los aviones y me retumba el eco de la consulta. Acabo de cruzar el semáforo en rojo. Involuntariamente. No tengo intención de ponérselo tan fácil a la muerte.
No puedo llorar. Soy incapaz de pensar. Solo el eco... cer..., cer..., cer... Y por momentos me río de mí misma. Qué ironía. ¿Por qué no yo?, me he preguntado mil veces o mejor dicho todas las veces que, desde que hace cinco años cumplí 401, me he sometido a la tortura de la mamografía. Qué ironía. ¿Por qué yo?, ¿por qué yo?, ¿por qué yo?, es ahora mi mantra. No paro de repetírmelo mientras camino, bloqueada... Mira que lanzarme a andar del hospital a casa, y olvidarme de que había llegado en coche a la consulta, los nervios..., me parto de risa..., diez kilómetros... Mejor así.
Porque ahora me quiero comer el mundo. Y llevarme en el bocado esta delicatessen inoportuna de mi pecho. A por ellos que son pocos y cobardes, me animo mientras acelero el paso. Creo que estoy hablando sola. Y me asusto, también tendría gracia que con el cáncer llegara la locura. Intento pensar en otra cosa; trabajo baldío. Sigue el eco..., cer..., cer...
Me estalla la cabeza. Tengo que pensar en mí y en mi enfermedad y evitar por todos los medios que aparezca la noticia de “murió tras luchar contra una larga enfermedad”. NO PUEDO MORIR. No yo, doctor, doctores doctos. ¿No saben que tengo dos hijos? Vuelvo a hablar sola; más que hablar sola, he debido de gritar a tenor de las miradas de la gente. Me mira la gente. Pensarán que soy alcohólica, o drogadicta..., yo que siempre di lecciones de salud a diestra y siniestra.
Un nuevo eco, ños..., ños..., ños...¿Qué voy a hacer yo con mis niños? Cómo diablos (tranquila, no te lances, vuelve a empezar)..., cómo voy a explicarles que iré a un hospital y que saldré sin un pecho, que voy a estar débil y todo el día vomitando gracias a unas medicinas que harán que se me caiga el pelo, que no, que tal vez no podré acompañar a esquiar a Pablo ni estrechar entre mis brazos a mi pequeño Adrián, que aún se deja. Cómo voy a decirles que igual me muero..., no, esto no voy a decírselo.
No me voy a morir, chicos, no me voy a morir.
Qué absurdo es esto, mañana salimos de vacaciones. ¿Va-ca-cio-nes? Con qué cuerpo me voy yo de vacaciones... A ver qué cara me pone su padre cuando se entere de que en vez de un mes tiene que hacerse cargo de ellos dos meses...
Parezco una zombi. He dejado de dar largas zancadas. Me pesa ya el dolor que no duele, desgarrada solo de pensar que tengo que enfrentar esto con los niños. Se me vacía el estómago..., en la sensación física que reconozco de vértigo. Entraré aquí mismo, “una coca-cola, por favor..., me estoy mareando”... Reconozco los síntomas, primero ese agujero en el estómago, y luego el sudor frío y es extraña sensación de irte de donde estás, como si te murieras..., una palabra que no quiero ni nombrar, ni pensar... Y luego todo el cuerpo descompuesto. La Coca-cola surte efecto. Y, sin embargo, vomito, como si quisiera sacar fuera la angustia que me retuerce. Siento que me miran en el bar. Pensarán de todo... Si supieran lo poco que me importa lo que piensen. Me marcho. Ahora sí estoy llorando... Otra vez el eco, ños..., ños..., ños..., los niños..., qué mierda... (tranquila, vuelve a empezar), qué hago yo ahora con los niños..., que si muero morirán ellos también un poco.
Respira hondo. Para algo tienen que servirte tantas clases de yoga. Lleva tu respiración hasta el estómago, expándela por tu interior, retén y suelta el aire... Varias veces... No pares.
Me acuerdo de cómo le hacía esta respiración a Adrián aquellas noches en las que no podía dormir cuando su padre y yo nos separamos. “¿Me haces la respiración de yoga?”, me lo ha pedido tantas veces... Y yo repito y repito mientras lloro, cómo voy a respirar mientras lloro... “If you need me, call me..., no matter were you are...”, sin querer resuena en mí la canción de Quédate a mi lado. Con la cantidad de veces que vi es película con mis hijos, con la cantidad de veces que canté con ellos “If you need me, call me..., no matter were you are...”... Y me veo como Susan Sarandon, muriendo, mientras su padre quiere a otra, aunque ahí ya le llevo ventaja a la Sarandon, ya me dejaron hace un tiempo y no precisamente por una Julia Roberts.
No sé cómo lo he hecho, el caso es que estoy debajo de mi casa. Puedo ver incluso la ventana de Pablo abierta, imagino que algo sospecha, es suficientemente mayor como para imaginar que algo no va bien... ¿O es mi deseo? Mañana nos vamos de vacaciones. Iremos. Te esperas, te aguantas, te vas, y a la vuelta hablas con ellos... De nuevo, el vértigo... No voy a poder. Cómo voy a callarme la angustia. Y cómo voy a transmitirles el miedo...
No puede ser... Ese tipo se parece a Julio... ¿Ha venido a ver a los niños? Es, es Julio.
–He venido a ver a los niños. Creo que tienes que contarnos algo–.


1Las campañas de detección precoz de cáncer de mama se realizan a partir de los 45 o 50 años, en función de la comunidad

martes, 25 de octubre de 2011

4º Relato Corto - También es mi pecho por Marta Robles

Con unos días de retraso llega el 4º Relato, un relato que yo llamaría "El pecho o la vida", cuando me diagnosticaron el cáncer y me dijeron que había que operar para quitar el tumor lo primero que pensé fue en mi pecho. No quería perderlo y me aterraba la idea,  lo demás me daba igual. Tengo 32 años.  Recuerdo que bajo los efectos de la anestesia y ya en el quirófano no paraba de llamar a mi cirujano para asegurarme de que no me cortaran el pecho.  El cirujano también tuvo que devolverme a la realidad y decirme sin tapujos "El pecho o la vida".  Por suerte me hicieron cirugía conservadora y si tengo una cicatriz que me acompañara toda la vida, pero esa cicatriz ha dejado de tener tanta importancia. Ahora forma parte de mi y de mi historia y no la borraría.

Me gustaría conocer vuestra opinión, ¿qué grado de importancia tiene el resultado cosmético ante una sentencia de muerte?

Aquí os dejo el relato.

por Marta Robles

Cuando me entregaron el sobre blanco tamaño folio, con los resultados de los análisis1, no dudé ni un segundo en abrirlo. Siempre lo hacía, pese a las quejas de mis médicos, porque había aprendido a reconocer, aunque no fuera estrictamente, los valores que aparecían reflejados. Así que lo abrí. Y lo hice con la despreocupación de quien se encuentra perfectamente y no espera sorpresas. Comencé a revisar cifras y letras con la tranquilidad de quien lee la lista de la compra, hasta que llegué a “aquello”. “Aquello” no era normal. Es más, si me hubieran dicho que los análisis pertenecían a otra persona habría pensado, sin dudar, que se trataba de un cáncer. Pero eran míos. “¿Cáncer yo? Seguro que no...” deseché.
El resto fue todo tan rápido que no lo recuerdo con demasiada nitidez. Un bultito en el pecho, una biopsia y una conclusión veloz y tajante: Tenía cáncer de mama.
El médico me aseguró que no pasaba nada y que no era el fin del mundo, mientras volcaba cubos de estadísticas en la conversación. “Éste tanto por ciento de mujeres padece cáncer de mama cada año, y éste tanto por ciento lo supera… Lo importante es el diagnóstico precoz… Y del tanto por ciento que se diagnostica precozmente, se salva un tanto por ciento muy elevado…”.
Yo, que aún no me sentía un tanto por ciento, no le escuchaba. Sólo pensaba en mi pecho, en esa bolita de carne blanca coronada por un pezón rosado, que me había acompañado toda mi vida. La misma que descubrí por primera vez ante mi primer novio, en un coche minúsculo, y que él recorrió con su mano temblorosa… La que años más tarde condujo a la locura a mi marido beso a beso… La que cada uno de mis hijos había convertido en biberón y chupete… Apenas tenía treinta y cinco años, pero eran tan solo doce o catorce menos de los que había convivido con aquel pecho, que ahora me decían que llevaba escrita la muerte en su interior.
—Así de claro —me dijo el médico— o te lo quitamos o te mata2.
La misma tarde de la noticia, pocas horas después de saber que ese pecho dejaría de ser mío para siempre, me lo miré en el espejo. No era demasiado grande, pero tenía una bonita forma. “Caído para arriba, como los de las modelos” solía decir mi marido. Seguramente no era para tanto. Pero era mi pecho. Y allí, reflejado en esa luna, idéntico al otro, me parecía insustituible.
Me dijeron que la operación tenía que realizarse de inmediato. Y también, que salvo error, no cabría la posibilidad de que lo conservara. Ni el pezón siquiera.
—¿Tampoco el pezón? —pregunté con más temor a perderlo que a la misma muerte que acechaba desde sus adentros.
Tampoco el pezón. Lloré sola en el lavabo del hospital tras haber visto las prótesis y después de las bromas de siempre: “vamos, anímate, que te vamos a dejar un escote de actriz de Hollywood”.
No me dio tiempo a pensar más. Tenían que intervenirme sin dilación, y así lo hicieron. La operación salió bien. Me reconstruyeron el pecho casi al tiempo que me extirpaban ese monstruo que se había colado en el original . Luego vino la quimio, la radio… Según algunos el riesgo de colocarme un pecho nuevo durante el tratamiento era una estupidez… Según algunos que, naturalmente, o no tenían cáncer o no tenían pecho… El resto entendió que no quisiera pasar por el trance de un riesgo mortal con un agujero en el cuerpo. Soporté bien las naúseas y hasta quedarme sin cejas, sin pestañas y sin pelo, pero creo que si hubiera tenido que luchar contra el cáncer sin pecho, sencillamente, me habría muerto3.
Todo pasó hace ya tres años. Y ahora estoy embarazada. Tengo cicatrices en un pecho, sí. Pero estoy viva y ambos me parecen perfectos. Ahora sólo deseo que, igual que mi marido y compañero en este camino de superación, llena de piropos mi pecho nuevo, mi hijo, este pequeñín que llevo en la tripa, duerma sobre él, como antes hicieron sus hermanos con el antiguo. Será un milagro. El que constate que ya no tengo cáncer4 y que éste que me han colocado, y que a partir de ahora comenzará a acumular sus propios recuerdos, también es mi pecho.

1Respecto de las pruebas de diagnóstico precoz, la técnica utilizada y mundialmente aceptada es la mamografía, aunque existen otras pruebas de diagnóstico asociadas al cáncer de mama.
2Las posibilidades de curación de los cánceres de mama que se detectan en su etapa inicial (in situ) son prácticamente del 100%.
3El valor que cada mujer le da a su pecho puede variar significativamente de una a otra.
4Hasta pasados cinco años libres de enfermedad desde la finalización de los tratamientos no se puede hablar de supervivencia.





También es mi pecho

viernes, 21 de octubre de 2011

3º Relato Corto - Sofía por Matilde Asensi

El relato de hoy va dedicado a mi hermana, por ser la enfermera pesada que no descansa hasta arrancarme una sonrisa. Por ser la que me sacude la tristeza y me devuelve las ganas de seguir luchando.

Tú también eres nosotras ;)




Sofía
por Matilde Asensi

Me han pedido que venga a verla porque nada ni nadie consigue hacerla salir del hoyo negro en el que está desde que le diagnosticaron el cáncer. Por suerte, el servicio de Atención al Paciente tiene personas como yo para estos casos, personas que ya hemos pasado por esto.  Entro en el cuarto con una gran sonrisa en la cara y me dirijo hacia la cama en la que está acostada. Nadie la acompaña; su marido está trabajando y los niños en el colegio. Sus padres, al parecer, son muy mayores.
—Hola —murmuro para no despertar a la enferma de la cama de al lado—. Me llamo Concha. Soy voluntaria en este hospital.
Me mira y levanta un poco la mano. Es joven, tiene treinta y cinco años. En las sábanas se nota que acaba de sufrir una mastectomía bilateral y, por descontado, yo no le intereso en absoluto. Está inmersa en su dolor y en su miedo. Tendré que sacar el pico y la pala si quiero derribar el muro que la rodea.
—¿Cómo te encuentras? —le pregunto, acercan-dome un poco más.
—Bien, gracias —tiene una voz grave muy bonita aunque algo ronca, quizá por el tubo de la anestesia.
—Verás, Chus —se llama Mª Jesús, pero me han dicho que la llame Chus—, el peor síntoma de esta enfermedad es el miedo y, como los médicos ya te han quitado los tumores, ahora me toca a mí curarte el susto.
Sonríe con indiferencia y clava sus ojos en el cristal de la ventana. Estoy segura de que no mira el paisaje. Parece que no está dispuesta a hablarme.
—¡Vamos, anímate! —le digo y, en ese momento, entran por la puerta dos auxiliares y el celador con el carrito de ruedas que pedí en el control de enfermería—. Iremos a dar una vuelta.
—No me apetece —responde. Su pelo moreno, muy corto, enmarca un rostro bonito, de grandes ojos marrones y barbilla redonda. Lástima que esté tan demacrada.
—No te tiene que apetecer —afirmo, mientras las auxiliares, cariñosamente, la destapan y la ayudan con las sondas, los sueros y su herida para que se ponga en pie. Se deja manipular como un muñeco de trapo. Creo que ha dejado de luchar y eso es lo peor que puede hacer.
—¿Quieres vivir? —le pregunto mientras empujo el carrito para salir del cuarto; el celador nos sostiene la puerta. Ella no contesta a mi pregunta—. Pues si quieres vivir vas a tener que pelear duro, ¿sabes?, en este mundo nadie regala nada y el pan no cae gratis del cielo.
Por primera vez, la veo sonreír porque, aunque la llevo delante, se vuelve ligeramente para decirme:
—Mi familia tiene una panadería.
—Entonces ya sabes de lo que te hablo —asiento, sonriendo también.
Empujo el carrito por los fríos e interminables pasillos del hospital. Todo es de color gris en este sitio: paredes, techos, ventanas y puertas... Algún listillo cobró su sueldo por pintar un lugar como éste de un color tan deprimente.
—¿Te van a poner radioterapia?
—Eso me han dicho.
—Pues no te preocupes porque no duele. En realidad, no notas nada. Te radian y te vas a casa. La quimioterapia es peor. Has tenido mucha suerte.
La veo brincar en el carrito. Creo que se ha enfadado.
—¿Suerte...? ¿Qué he tenido suerte? —en efecto, parece muy enfadada—. ¿Llamas a esto tener suerte? —y se señala el pecho plano.
—Estás viva, ¿no?
—¡Estoy enferma de cáncer! ¡Tengo treinta y cinco años y una sentencia de muerte para lo que me quede de vida!
Sujeto el carrito con fuerza y empujo con mayor brío. Hay que llegar pronto o se me sublevará antes de lo previsto. Es una peleona. Eso me gusta. Ésta vivirá.
—Yo tenía treinta y nueve años cuando me noté un bulto en el pecho —empiezo a contarle—. Fui al médico y me mandó una biopsia. Era malo, me dijo, era cáncer.
Se queda callada, escuchando.
—Hace treinta y cinco años que me agarro a la vida —continúo— y no pienso soltarla todavía... ¡y eso que tengo setenta y cuatro! —me río con ganas—. Mis nietos dicen que tendrán que tirarme un piano desde el balcón para poder heredarme. Claro que tienen algo de razón, ¿sabes?, porque después de extirparme el pecho, allá por el pleistoceno, he tenido dos recaídas, metástasis en los pulmones y en la garganta y continúo en tratamiento.
Su silencio y su total inmovilidad son una prueba clara de que me presta absoluta atención.
—No tienes firmada ninguna sentencia de muerte como tú dices —le recalco—. Sólo tienes que cambiar de hábitos, cuidarte más, vivir con alegría, reírte mucho, disfrutar de tu matrimonio, de tus hijos, de tu familia... Sal a la calle y vive. Nadie ha firmado nada contra ti y, salvo que te peguen un tiro, nadie puede jurar que vayas a morirte —vuelvo a reírme—. Mi médico, la doctora Calella, dice que yo me iré al otro barrio por vieja, pero no por el cáncer. Y tú también irás de vieja, ya lo verás.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar tan segura? —la voz se le corta en sollozos. Al menos, he derribado el muro; ahora viene lo mejor—. No quiero vivir con falsas esperanzas, no quiero tener falsas ilusiones y volver a pasar por esto dentro de unos años o morirme de una forma horrorosa.
Levanto el brazo y saludo a mi amiga Carmen, que está en el pasillo de la planta en la que acabamos de entrar. Chus no se fija en nada, pero ahora las paredes, el techo, las puertas y las ventanas son de colores muy alegres y vivos: naranjas, amarillos, verdes, azules, rojos... Mi amiga Carmen, viendo el gesto de mi cara, se da prisa en abrir una puerta que tiene cerca y se queda allí, esperándonos.
—Yo sólo te pido que vivas —le digo con la seguridad que mi cáncer me ha dado a mí—. Deja de autocompadecerte. La vida te ha golpeado porque tienes que aprender una asignatura llamada alegría. Ésa es la mejor medicina. ¡Deja que todo el mundo te vea! ¡Deja que vean lo valiente, fuerte y luchadora que eres! Transmite alegría y la recibirás a puñados y esa alegría te mantendrá viva.
Cruzamos la puerta que Carmen aguanta con una mano y entramos en una salita pequeña. Allí, varias madres están sosteniendo en brazos a sus hijos recién nacidos. Oigo que Chus suelta una exclamación de sorpresa. Acaba de darse cuenta de que estamos en pediatría. Me acerco a una joven con la que ya hablé esta mañana y extiendo los brazos. Ambas sonreímos. Ella me pasa a su bebé, una preciosa niña de dos días llamada Sofía.
Me giro despacito hacia Chus, que me mira con cara de “no me puedo creer esto” y, acercándome, le pongo a Sofía sobre el regazo. Al punto, su cuerpo reacciona y se vuelve una cobija para la niña. La sujeta bien (sin acercarla a su herida), la acuna, la mira, la vuelve a mirar y, por fin, sonríe, sonríe de verdad y pasa su mano pálida por la carita rolliza.
—¿Entiendes ya lo que intento decirte? —le pregunto, dándome cuenta de que todas las mujeres de la sala nos están mirando—. Con pechos o sin pechos, con piernas o sin piernas, la vida y la alegría son lo más importante.
A pesar de mis setenta y cuatro años y de mis piernas no demasiado seguras, me inclino hacia Chus y le paso mi vieja mano por su cara macilenta. Ahora formamos una cadena de tres mujeres en distintas etapas de la vida, cada una con la mano en la cara de la otra.
—Prométeme que vas a luchar —le susurro—. Prométeme que vas a vivir y a ser feliz. Prométeme que no permitirás que esta enfermedad acabe contigo. Tú puedes con ella.
Sus bonitos ojos marrones me miran y sé que hay decisión en ellos.
—Te lo prometo.
 

jueves, 20 de octubre de 2011

2º Relato Corto - Antes por Carmen Amoraga

Nunca habría podido describir mejor el angustioso momento en la consulta del ecógrafo, no he podido evitar transportarme a ese Antes del que habla la escritora.  Antes de las lágrimas. 

Para mi madre que esperaba al otro lado de la puerta y que ha sufrido mi tumor como si se tratara de una metástasis gracias a sus millones de neuronas espejo;) Para las miles de madres, padres, hermanos, hermanas... que sufren tanto o más ésta enfermedad.






Antes Carmen Amoraga




La mujer está sentada, desnuda. En realidad, sólo se ha quitado la camisa y el sujetador, pero se siente como en esas pesadillas recurrentes, esas en las que sueñas que estás en la calle y todo el mundo te mira y no sabes por qué y cuando quieres darte cuenta, descubres que has salido de casa sin ropa. Así se siente. Desnuda. Despojada de la ella que era antes. Antes de entrar en ese cuarto pequeño. Antes de que la enfermera le dijera que tras la puerta hay una percha en la que colgar la ropa. Antes de que le apretara el brazo y le dijera tranquila, con la familiaridad de las cosas cotidianas, de las cosas que se repiten día a día, minuto a minuto. Antes de que entrase en el Doctor Peset. Antes de que su amigo le dijese ven mañana a las ocho. Antes de que llamase a Daniel Almenar. Antes de que pensara en él, que era jefe de Oncología del hospital. Antes de que una caricia que iba camino de ser placentera quedase detenida sobre su pecho izquierdo. Qué es esto. Antes. Después. Nada parece ser lo mismo. Y sin embargo.
La enfermera le ha hecho preguntas antes de enviarla al cuarto. Edad. Enfermedades. Antecedentes de cáncer de mama. La mujer ha respondido con un hilo de voz, treinta y siete, las normales, nadie.

Entonces ha sido cuando le ha hecho la caricia, la del brazo, y le ha dicho, tranquila, todo va a salir bien. ¿De verdad? ¿Todo va a salir bien?
Tiene miedo. Le avergüenza tenerlo. Le avergüenza esa seguridad, la de antes. Nunca, siempre. ¿Qué pasará con su vida, con sus planes, cuando salga de allí?
Se pregunta cuántas mujeres han estado como ella, sentadas, desnudas, indefensas, en esa habitación pequeña, en ese taburete minúsculo. Cuántas estarán después. Cuánto desconcierto, dentro del mismo espacio. Cuántas se vestirán felices. Cuántas desconsoladas. Qué pasará después. Cuelgue la ropa en la percha. Tranquila. Todo irá bien.
La mujer está sentada, y sostiene el sujetador en el regazo. Es negro. Con encaje de flores violetas en los tirantes. Es bonito. Le costó treinta euros. Se lo compró a una amiga que los vendía por catálogo. Es guapa, a pesar de que se le ha abierto un agujero en el estómago y se hubiera pasado la noche entera delante del ordenador, buscando información. Antes de que se sintiera estúpida por no haber pensado nunca, o por haber pensado siempre.

Esto nunca me pasará a mí. Ha pasado la noche sin dormir, buscando información en internet. Ahora sabe cosas que antes ignoraba. Por ejemplo, que si tecleas “cáncer de mama” en Google salen 4.170.000 resultados. Sin comillas, 1.080.000 más. Si añade síntomas, la cifra cambia. La información es confusa, contradictoria. Los foros ayudan, algu-nos. Muchas mujeres se curan. Hay mensajes de miedo, pero más aún de ánimo. A otras las abandonan sus maridos. Unas lloran cuando hacen el amor. Otras no vuelven a hacerlo nunca. Algunas dejan pérdidas irreparables, ausencias sombrías, personas que las añorarán y pondrán sus fotografías en los perfiles del Facebook durante meses o tal vez años, como reclamando la propiedad de ese vacío, de esa desolación.
Al apagar el ordenador, le encontró despierto en la cama. Tampoco él podía dormir. También él tenía miedo. ¿Y si todo cambia? ¿Y si todo acaba? Y sin embargo, no fue eso lo que dijo. Dijo: hace menos de un año que fuiste al ginecólogo y te palpó los pechos, y si es un tumor será un tumor reciente, y si te quitan el pecho te lo reconstruirán, y ven aquí y abrázame y si quieres llorar, llora, pero no te quedes
así, tan callada. Ella, que no sabe que a las pocas horas estará desnuda y se sentirá indefensa y querrá hablar con él por encima de todas las cosas, le mira y le sonríe y le dice he estado mirando viajes, este verano nos vamos a Roma. Y le vuelve a sonreír y se tiende a su lado en la cama y finge que duerme mientras le escucha removerse inquieto, a su lado.

Le ha pedido que no la acompañe. Ha querido darle a esa visita un aire de normalidad. No nos volvamos locos, esto no es nada, y si lo es, tampoco será nada. Le mira. He estado leyendo. No nos acojonemos antes de tiempo. Él le ha preguntado si está bien, y le ha dicho que sí. Ha mentido. Es el miedo, que la paraliza. El miedo a una palabra, a dos, mejor dicho: tumor y cáncer. Sabe, ahora lo sabe, que aunque las pronuncien, aunque empiecen a pronunciarlas, en unos momentos, no significará el fin de una batalla, sino el comienzo. Sabe que está en un buen momento para el buen pronóstico; conoce a otras que han pasado por ahí; es consciente de que las estadísticas hablan a su favor. Y sin embargo.
La mujer sigue sentada y hojea un folleto que ha recogido al entrar en el hospital. La mamografía periódica y los avances en los tratamientos permiten tasas de curación del cáncer de mama del 90%. Si tienes entre 45-60 años hazte una mamografía. Lo lee un par de veces. Quiere levantarse del taburete. Quiere ser valiente. Quiere dejar de tener miedo a la nada, a dos palabras, a once letras, a un mundo que no será el mismo pase lo que pase después. Sonríe. Le dan risa esos pensamientos grandilocuentes, porque sabe que si no es nada, que si no es más que una glándula inflamada por la ovulación, que si es un quiste sin importancia, de grasa, por ejemplo, o un grano que le ha salido al revés, nada dejará de ser como antes, como ayer, como cuando la caricia inició su recorrido ignorante se iba a detener el trayecto tantas veces caminado. Todo será igual, y volverá la prisa y la desgana y la pereza de vivir cada momento como si fuera único y último, intensamente.

No puede mover un músculo. Quiere dejar el sujetador en la percha, ponerse en pie, vestirse con la bata, salir del cuarto, dejarse aplastar esa masa blanda, blanca, por el mamógrafo. Quiere mirar a la enfermera, buscar su complicidad en esa postura incómoda. Quiere ponerse frente a la doctora, sentir sus dedos fríos, fríos a pesar de estar enguantados, recorrer su axila, pellizcarle el pecho, despacio, concienzudamente, que para eso es la amiga de su jefe. Quiere escuchar sus palabras.

La mujer sentada se sobresalta. La enfermera llama a la puerta y la abre sin esperar respuesta. ¿Vamos? La palabra la levanta, como cuando era niña y los brazos de su madre la sacaban del suelo en el que se había empecinado en permanecer por cualquier absurda rabieta. Su madre. Ay. Qué le dirá si le dicen.
La enfermera le pide que la siga. Le dice que la doctora la está esperando. Le pregunta si quiere algo. La mujer la mira. Quiero ir a Roma, le dice. Sonríen. Caminan.

por

miércoles, 19 de octubre de 2011

Día Mundial Contra el Cáncer de Mama


El Cáncer de mama genera en cualquiera de nosotras miedos, inquietudes, dudas… y no siempre es fácil poder encontrar las respuestas adecuadas en nuestro entorno cotidiano.
Por eso este año la Asociación Española contra el Cáncer junto con Pandora han creado un libro titulado NOSOTRAS, pensado por y para las mujeres, un libro con relatos inéditos, historias e información sobre todos los aspectos importantes de la ésta enfermedad.  Un libro publicado expresamente con motivo del Día Contra el Cáncer de Mama que contiene 7 relatos cortos de escritoras españolas de renombre: Cristina López Schlichting, Carmen Amoraga, Matilde Asensi, Marta Robles, Charo Izquierdo, Marta Torres y Beatriz Peña.  El mensaje es muy claro, la información nos hace más fuertes ante el cáncer de mama.
Dónde podéis encontrar este libro:

El libro se entregará físicamente en tiendas junto con la compra de las piezas de Pandora que se compren a lo largo del día 19.  El libro incluye códigos QR a través de los cuales se puede acceder a los relatos online para descargarlos, así como a los contenidos específicos sobre el cáncer de mama que se trata en ellos.

Nosotras también se encuentra en la página web de la aecc en forma de libro interactivo para que podais compartir todos los enlaces.

Mi granito de arena
Desde este espacio, también me gustaría poner mi granito de arena en este proyecto de vida y desde aquí iré publicando los relatos y compartiéndolos con vosotros.  La idea es que lleguen a tantas personas como sea posible, para que en un día como hoy todas nos sintamos un poco más arropadas, apoyadas y más unidas que nunca contra esta enfermedad. 
Yo también soy NOSOTRAS, superviviente y luchadora. Desde hace meses mi lucha contra la enfermedad es otra, ya no luchó por arañar tiempo a la vida, ahora lucho porque mi vida sea de calidad y por romper todas las barreras que la ignorancia y desinformación levantan en nuestro día a día. Por eso me uno a la aecc para difundir esta campaña e intentar reducir las cifras de mujeres afectadas por el cáncer de mama. 


  

viernes, 14 de octubre de 2011

Pandora se une a la AECC en la lucha contra el cáncer



Un año más Pandora se une a la lucha contra el cáncer diseñando una colección especial para apoyar a la AECC en su labor. De los beneficios recuadados 60.000€ se donaran a la asociación.  En su página web también podéis encontrar un muro para compartir historias de superación, de esperanza, y mensajes de apoyo a todas esas mujeres fantasticas que están pasando por esta enfermedad.

lunes, 10 de octubre de 2011

19 de octubre - Día Contra el Cáncer de Mama


Así empieza la campaña que la AECC ha puesto en marcha este año, con ella pretenden ayudar a los pacientes y familiares a resolver las dudas y situaciones nuevas que genera un diagnostico de cáncer.

Os invito a visitar la página de la asociación si quereis más información.
Día contra el Cáncer de Mama

Yo os iré informando puntualmente de todas las acciones que se celebren el día 19 de octubre.

viernes, 1 de julio de 2011

"Y todavía hay tiempo para verbenas", Cortometraje documental de Mabel Lozano


El pasado 28 de junio la Junta de Madrid de la Asociación Española Contra el Cáncer estrenó en exclusiva el corto documental sobre cáncer de mama “Y todavía hay tiempo para verbenas”,  dirigido por Mabel Lozano.
La aecc quiere ayudar con este documental a todas las mujeres que padecen un cáncer de mama con testimonios reales que sirvan de apoyo y esperanza. El camino que recorren todas estas mujeres, y quienes les acompañan, es largo y difícil pero implica un crecimiento personal que les lleva a demostrar que su vida no tiene por qué cambiar.
Para la actriz y documentalista, Mabel Lozano,  éste es su cuarto cortometraje de carácter social, que pretende aportar una visión en primera persona, de la experiencia que supone afrontar esta enfermedad. Dieciséis minutos de experiencias, vivencias y esperanza.

Personalmente me emocionó, ya que reflejo a la perfección todas las sensaciones y sentimientos que hemos vivido, desde el diagnóstico hasta la recuperación.

Os recomiendo que lo veáis! si encuentro un link lo cuelgo.



domingo, 8 de mayo de 2011

Carrera de la mujer 2011

El madrugón ha merecido la pena. Este año todas las chicas de la familia nos hemos reunido para correr juntas la carrera de la mujer y apoyar la lucha contra el cáncer. Para mi esta carrera ha tenido un significado muy especial porque fue justo un días después de correr la carrera del año pasado cuando me diagnosticaron, así que me siento muy orgullosa de estar hoy aquí y de haber cruzado la meta.


No he podido evitar emocionarme un poquito en la salida, pero después el reto personal ha hecho que olvide donde estaba el año pasado y precisamente eso me ha dado fuerzas para terminar los 6,5 km en un tiempo magnifico de 45 minutos!!  No está nada mal teniendo en cuenta que este año me han dado quimio, radio y demás venenos. Así que correr hoy me ha devuelto un poco más la confianza.


Por supuesto, luego nos hemos ido todas a celebrarlo con un merecido desayuno!